Mañanas libres de humo, tabaco sin sentido. Llueve en la ciudad desde hace unas horas y no pegué un solo ojo en toda la noche. Nervios. Ansiedad. El aire entraba por la ventana refrescando todo, era una brisa encantadora a la hora del sueño, una noche hermosa, despejada. Pero hoy lloró. Salí como pocas veces tranquila, respirando el aroma de las calles mojadas, de los arboles bañados, de la tierra que huele húmeda. En el colectivo pensaba, y pensaba, y pensaba. Y digo porque es tan difícil, ¿por qué me la hago tan difícil? ¿Por qué no simplemente ir por la vida andando sin tantas preguntas y pensamientos? Sería más liviano a la hora de viajar y emprender nuestro destino. Y en mi mente flotaron las imágenes de una vida sencilla, una idea: un paso. Un sueño, una realidad. ¿Por qué no? ¿Acaso fui condenada a una vida miserable sin desprendimientos de realidades adversas? Desde aquí y desde más allá todo parece ser mucho más sencillo de lo que alguna vez creímos que sería. Recorrer el camino que nos lleva a esa libertad que solo nos otorgan los sueños realizados, es casi comparable a prepararse el mate por la mañana. Es solo cuestión de poner la pava, yerba y listo.
Claramente la determinación que nos lleva a esto nunca es tan voluntariosa ni tan firme como para soportar todos esos golpes que todos los días querrán desalentarnos, todas esas personas que no nos apoyaran y hasta intentaran disuadirnos de incorporarnos a este sistema que tarde y temprano nos dejará afuera.
Desde la oficina solo las fábricas se asoman como montañas, mirándonos todos los días desde allí afuera, llena de ruidos, gente, bip, bip, bip, que no paran de sonar.
Quisiera despertar cada mañana con el sabor de un mate independiente, de una vida que cada día que pasa tiene sentido, por el solo hecho de haber abierto los ojos ese día, cada día.
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